Gripe con diabetes

La diabetes es una enfermedad complicada de gestionar porque cada situación afecta a la glucemia. Es muy difícil tener dos días iguales, y aunque al final se sacan patrones y aprendes a conocerte y a controlar la mayoría de los días, siempre habrá situaciones nuevas que harán que estar en rango glucémico sea una misión imposible.

Aunque cada persona es un mundo y lo que le afecta de una manera a unos, puede no afectar igual a otros, creo que conocer experiencias de otras personas puede ayudar cuando alguien esté pasando por una nueva situación y ver un poco qué esperar. Además, si te pasa lo mismo que a alguien más, te tranquiliza saber que es “normal” eso que te está pasando.

Así que hoy quería contar cómo me afecta a mi estar mala teniendo diabetes.

En este año y medio que llevo con mi dulce compañera, tampoco me he puesto mala muchas veces, algún pequeño catarro, el típico resfriado de invierno, pero sin fiebre. Estos resfriados no me han supuesto ningún cambio en mis pautas de insulina. En alguna comida a lo largo del día he tenido que subir un poco la cantidad de insulina porque me quedaba un poco alta, pero puede que fuera por eso o por cualquier otra cosa. Nada demasiado importante.

Este invierno me he cogido la gripe y ahí ya ha cambiado la cosa. Estuve bastante pachucha, 4 días con fiebre y otros 3/4 sintiéndome regular, aunque ya no tuviera fiebre. Pasada esa semana ya no me sentía mal, y yo sentía que me había recuperado.

A parte de la gripe, tuve que lidiar con la glucosa y la insulina porque me afectó un montón.

El primer día, cuando aun no me encontraba tan mal, pero ya tenía algo de fiebre, me dio por estar baja. Comí normal y aparentemente del estómago estaba bien (todo lo que comí debería haberse digerido), pero estaba con hipoglucemias constantes, de hecho, por la noche no comí nada de carbohidratos para no tener que ponerme insulina.

Sin embargo, el segundo día cambió todo, subimos al pico de la montaña y pasamos de las hipos a estar en hiperglucemia. Para intentar estar en valores aceptables de glucosa tuve que doblar la basal que me ponía y triplicar la cantidad de insulina para los bolos en las comidas. Si para un vaso de leche con dos galletas de normal me pongo dos unidades, me tenía que poner 6 unidades. Y, aun así, había momentos que eso no era suficiente.

Comí bastantes menos carbohidratos esos días por no meter mucho en el cuerpo y evitar que no acertara con la dosis y estar por las nube.

Una de las noches me fui a dormir con 200 mg/dL. No había apenas cenado, así que muchos carbohidratos no tenía, pero me fui a dormir poniéndome insulina para bajar esa cifra. Me puse la dosis de insulina que en situaciones normales me tendría que dejar en 100 mg/dL. Me aseguré que las alarmas de mi sensor de glucosa estuvieran activadas para evitar sustos, tanto por estar alta, como por si me daba por bajar, y me dormí. Al rato, me desperté por las alarmas, estaba por 250 mg/dL. Cabreadísima por la cifra (¿por qué seguía subiendo?) y porque necesitaba dormir y me habían despertado las alarmas, me puse más insulina y volvía a intentar dormir. Me quedé dormida porque estaba cansada, pero al rato… de vuelta las alarmas. 300 mg/dL. ¿¿Pero qué demonios?? ¿Cómo podía ser? Pues era, tampoco hay que darle más explicaciones. Por si acaso algo estuviera mal (que el catéter de la bomba de insulina estuviera obstruido, que la insulina estuviera estropeada o que hubiera burbujas en algún lugar de la bomba de insulina), la corrección anterior la había hecho con una nueva pluma de insulina de una caja nueva y con pinchazo, no con la bomba. No sirvió de nada. Era mi cuerpo el que estaba alborotado.

Después de no sé cuantas correcciones y sin haber descansado bien, me desperté por la mañana con 180 mg/dL. Bueno, no estaba mal después de la nochecita que pasé, pero telita la insulina que me había tenido que poner. Y sobre todo estaba de mul mal humor porque necesitaba descansar y es lo que menos había hecho. Más de una vez pensé, “¡Que le den! Quito las alarmas y como si me despierto en 800 mg/dL, pero quiero dormir.” Al final no lo hice, pero no me faltó mucho.

Esa fue la peor noche, las demás mejoraron un pelín, pero aun no había pasado todo. Mientras estuve mala estuve alta en general, pero cuando ya me sentía recuperada, mi cuerpo tardó un tiempo en volver a la dosis habitual y esa época fue una montaña rusa total. Tardé unas tres semanas en recuperar las dosis habituales, y aun así me quedé como con un 10% más de insulina, que todavía mantengo dos meses después.

Conforme mi cuerpo iba necesitando menos insulina, me daban bajadas importantes. Como no tenía muy claro cuanto comer para remontar, porque no sabía cuanta insulina “me sobraba”, comía de más, por lo tanto, vuelta para arriba. Si corregía, me volvía a pasar, así que vuelta para abajo, y así todo el día.

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Después de tres semanas por fin llegó la calma y volví a la normalidad, pero pasé por algún momento muy estresante.

Lo más curioso de todo, es que este año es el primero que me vacuno de la gripe. Irónico, pero bueno, supongo que cogería una variante rara. Que, por cierto, el vacunarme como tal no me afectó nada a mis glucemias.

Así que aquí os dejo mi experiencia y espero no volver a coger nunca más la gripe, y si me toca, espero que lo que he aprendido de esta vez me sirva de algo y que mi cuerpo no vaya por donde le dé la gana.

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